Sobre mí

Soy Bea

Psicóloga experta en límites, relaciones y comunicación asertiva e instructora de mindfulness.

Lo mejor de esta divertida paradoja es que he experimentado en mi propia piel lo que, tal vez tú, estás pasando.

Porque es posible que tu vida se parezca a la mía cuando no tenía claros mis límites, es posible que te sientas deprimido, exhausto y un fracaso.

Es posible que hayas llegado hasta aquí porque estás luchando o tratando de controlar tu ansiedad, depresión o los conflictos en tus relaciones y preguntándote, como yo hacía: ¿Cuál es el mensaje?

Si no sabes por dónde empezar a mejorar, sientes que tienes mucha información, pero ni idea de cómo aplicarla, incluso has visitado ya algún psicólogo, pero todavía estás atrapado en los mismos patrones tóxicos…

Dicen que los psicólogos nos metemos en la carrera para arreglar nuestra propia cabeza

Y, al menos en mi caso, es verdad.

En esto te puedo echar una mano

Si estás desesperado, has buscado y probado muchas cosas y los consejos cariñosos de tus amigos y familiares ya se quedan cortos, es el momento de buscar ayuda.

Vivencias Traumáticas

Vivencias traumáticas: abuso sexual, violencia física, maltrato, abandono emocional...

Problemas Relacionales

Dependencia emocional, conflictos de pareja, acoso laboral, bullying...

Ansiedad

Perfeccionismo, estrés, burnout, autoexigencia tóxica.

Depresión

Sentimientos profundos de tristeza, apatía, vacío o desconexión.

Regulación Emocional

Si sientes que vives en una montaña rusa con emociones que te superan y que no sabes cómo manejar.

Sentirte Perdido

Falta de motivació o de propósito.

Pronoia Psicología

El inocuo comentario que me hizo polvo

No importa cómo ni por qué llegué a hablar con una amiga de mi padre, jubilada, rozando los 70 años que me dijo con voz jovial:

— A mí siempre me han preguntado de dónde sacaba la energía, cuando me detectaron hipotiroidismo mi médico me preguntó asombrado si no me notaba más cansada le dije ¡Qué va! Yo sigo a tope de energía.

Recuerdo el sentimiento de envidia después de escucharla y luego la tristeza cuando pensé: y yo, con menos de 30 años, me siento como una octogenaria llegando al fin de sus días.

Llevaba ya unos años experimentando periodos cíclicos de ansiedad.

Había probado de TODO…

  • Mi arsenal de técnicas psicológicas que aprendí en la carrera.
  • Relajación y mindfulness.
  • Exponerme a mis sitios temidos: el metro, los espacios cerrados o el trabajo que tenía en aquella época en un colegio… lo cual se convertía en una tortura diaria.
  • Psicólogo todas las semanas, repasando los traumas de mi infancia.
  • Consumir libros de desarrollo personal como una rata espídica de biblioteca.
  • Introspección constante.
  • Medicación con ansiolíticos y antidepresivos.

Sólo de leerlo ahora me agoto, pero lo peor es que, NADA funcionaba.

Había épocas en las que estaba mejor y otras todo empeoraba y me exprimía el seso tratando de descifrar el porqué. Pero ni idea del por qué.

Generalmente después de la ansiedad llegaban periodos de depresión en los que me seguía forzando a hacer cosas «sanas», porque me daba miedo quedarme atrapada ahí.

La historia se volvió cíclica, seguía viviendo, me pasaban cosas, tenía pareja y luego no, no tenía trabajo y luego sí, tenía conflictos familiares y luego me independicé, pero los periodos ansioso-depresivos seguían volviendo una y otra vez, incansables.

Quería curarme, quería sanarme, con todas mis fuerzas… pero no era fuerza, era maña.

Pronoia Psicología

¿Qué estoy haciendo mal?

Sabía que la ansiedad tenía un mensaje para mí porque me lo habían dicho, pero la verdad, no tenía ni puñetera idea de cómo escuchar ese mensaje y me pasaba la vida frustrada en una perpetua batalla contra mis síntomas.

Me acuerdo de preguntarle desesperada a mi ansiedad ¿Qué coño quieres de mí? ¿Qué no estoy sabiendo ver?

No veía nada aparentemente mal en mi vida y no sólo eso es que cuanto más me acercaba a mi supuesta vida ideal: con una consulta de éxito, pareja, amigos con los que hacer planes todos los findes… cuantos más de esos objetivos soñados tachaba de mi lista, más ansiosa, deprimida y frustrada me sentía.

Aquello no tenía ni pies ni cabeza.

No sólo me sentía perdida, sino también estúpida porque la voz irritante de mi cabeza había subido el volumen y me gritaba:

¡Por el amor de Dios Bea, eres psicóloga, WTF tía, menudo fraude!

Pronoia Psicología

Sí, era una impostora

Como lo oyes, mientras todo mi mundo interno se desmoronaba, por fuera «todo estaba bien», como en una foto de Instagram.

Aparentemente, mi vida era lo suficientemente buena, pero yo no disfrutaba de nada, todo me parecía una obligación y una carga. Estaba amargada y atrapada en un victimismo tóxico.

Cómo me sané con un atracón de series

Después de una época de estrés bastante chunga por varios problemas, me sentía tan drenada de energía que apenas podía llevar mi día a día. Dormía 12 horas al día y me levantaba como si un camión me hubiera pasado por encima.

Ver tu tanque de vitalidad y motivación tan vacío es más angustioso que ver tu cuenta en números rojos.

Ahí estaba yo, acosada por la depresión, OTRA VEZ, poniéndome los ojos en blanco a mí misma cuando con un suspiro de desesperación pensé: me rindo.

ME RINDO. CLAUDICO. A LA MIERDA TODO.

Me tiré en el sofá, encendí la tele y me pegué el mayor atracón de la sitcom «dos hombres y medio» de mi vida.

Sé que es un poco prosaico este momento de iluminación, pero te prometo que marcó un antes y un después. Cuatro horas más tarde había recuperado un pelín de mis ganas y mi energía, muy poca, pero la suficiente como para que me apeteciera ir al gimnasio a NO darlo todo.

Después de todo mi camino de desarrollo personal, conecté con mi sabiduría interior viendo una serie cutre en el sofá de mi casa.

Aparecieron los límites en mi vida, porque me permití parar y dejarme en paz.

Rendirme fue mi mayor victoria.

Me di cuenta de que no estaba evitando el metro, ni los espacios cerrados, ni las aglomeraciones de gente, eso era sólo la superficie, el pico del iceberg.

Lo que había debajo era un enorme miedo a quedarme parada, porque para mí, pararme era «fracasar».

Y para sufragar esa incansable carrera hacia la perfección, ponía límites donde no tenía que ponerlos y no los ponía donde tenía que ponerlos.

Puedo respirar

Durante aquellos años, mi sensación era la de estar en el fondo del mar, ahogándome y viendo como el resto de las personas respiraban y nadaban tranquilamente.

Sentía que cuanto más nadaba, más profundo me sumergía y más lejos veía la superficie.

Aquel día, aprendí a nadar.

Cuando me «abandoné» y solté todo, fue como si pudiera sacar por fin mi cabeza del agua y respirar una profunda bocanada de aire fresco.

Y enseguida noté cosas, mis relaciones empezaron a estrecharse y a hacerse más íntimas, mi trabajo empezó a apasionarme de verdad, a gustarme, y joder qué bien me lo pasaba cuando salía y qué bien me lo pasaba sola. Me sentía más fuerte, empoderada, dueña de mí misma y de mi vida.

Incluso cuando patinaba y volvía a antiguos patrones de autotraición, me daba cuenta de lo que estaba fallando, tomar decisiones se volvió mucho más ligero y fácil, por fin mi brújula interna comenzaba a despejarse.

Por fin entendía qué era eso de escucharse a uno mismo.

La recuperación no fue de un día para otro, pero cuando tienes una dirección, te deja de importar el tiempo, se me fue la prisa, así sin más se marchó, porque sabía que mi sufrimiento tenía fin y que podía hacer cosas todos los días para sanarme.

Descubrir mis propios límites ha sido la mejor guía de vida que he podido obtener, sé que, si los respeto y los honro todos los días de mi vida, tengo un camino claro hacia el bienestar y la felicidad. Y quiero ahorrarte años de sufrimiento y esfuerzo absurdo, para que tú también puedas tener la vida y las relaciones que siempre soñaste.

Si quieres descubrir cómo conectar tú también con esa brújula interna, clic abajo.